domingo, 14 de septiembre de 2025

Otros poemas

 

 UN CIEGO

No sé cuál es la cara que me mira

cuando miro la cara del espejo;

no sé qué anciano acecha en su reflejo

con silenciosa y ya cansada ira.

 

Lento en mi sombra, con la mano exploro

mis invisibles rasgos. Un destello

me alcanza. He vislumbrado tu cabello

que es de ceniza o es aún de oro.

 

Repito que he perdido solamente

la vana superficie de las cosas.

El consuelo es de Milton y es valiente,

 

Pero pienso en las letras y en las rosas.

Pienso que si pudiera ver mi cara

sabría quién soy en esta tarde rara.

 

 

EL CENTINELA

 

El centinela

Entra la luz y me recuerdo; ahí está.

Empieza por decirme su nombre, que es ya se entiende) el mío.

Vuelvo a la esclavitud que ha durado más de siete veces diez años.

Me impone su memoria.

Me impone las miserias de cada día, la condición humana.

Soy su viejo enfermero; me obliga a que le lave los pies.

Me acecha en los espejos, en la caoba, en los cristales de las tiendas.

Una u otra mujer lo ha rechazado y debo compartir su congoja.

Me dicta ahora este poema, que no me gusta.

Me exige el nebuloso aprendizaje del terco anglosajón.

Me ha convertido al culto idolátrico de militares muertos, con los

que acaso no podría cambiar una sola palabra.

En el último tramo de la escalera siento que está a mi lado.

Está en mis pasos, en mi voz.

Minuciosamente lo odio.

Advierto con fruición que casi no ve.

Estoy en una celda circular y el infinito muro se estrecha.

Ninguno de los dos engaña al otro, pero los dos mentimos.

Nos conocemos demasiado, inseparablemente hermano.

Bebes el agua de mi copa y devoras mi pan.

La puerta del suicida está abierta, pero los teólogos afirman que

en la sombra ulterior del otro reino estaré yo, esperándome.

 

En Borges, J.L. (1972) El oro de los tigres, en Jorge Luis Borges (1974 Obras Completas, Buenos Aires: Emecé


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